La subida al castillo de Bratislava: antes de que anochezca
Ni han sonado campanadas ni ha habido aviso de ningún tipo (por lo demás, el reloj de la Puerta de San Miguel lleva todo el día marcando la misma hora). El hecho es que en un momento dado, sin mediar palabra ni acuerdo previo, un puñado de gente se ha puesto en marcha y se ha unido a la corriente. Un río de personas que fluye tranquilo y en orden, cada cual a lo suyo, hacia un único destino: el castillo de Bratislava.
No es una línea recta. Un par de calles transversales intenta apartar a la gente de su rumbo obstinado hacia el oeste. Luego está la muralla medieval, que, en contra de lo que cabría esperar, es el menor de los obstáculos. Por una abertura se accede a una pasarela que permite cruzar al otro lado sin preocuparse por el tráfico.
A la izquierda asoma la Catedral de San Martín, que brilla con sus mejores colores gracias al sol de la tarde.
Y un poco más allá, el emblemático puente SNP (Slovenského národného povstania, esto es, insurrección nacional eslovaca).
O quizás debería decir Most UFO (puente OVNI), un alias que se ha ganado por motivos evidentes.
Desde que se construyó (1967-1972), el puente, o mejor dicho, su plataforma de observación, permanece (estoy segura) bajo la discreta vigilancia de los Men in Black, que se encargan de impedir su uso para viajes interplanetarios no autorizados.
Las versiones en miniatura de las cosas desprenden un encanto especial, casi me atrevo a decir que sin excepción. Prueba de ese encanto es la Dom U dobrého pastiera (Casa del Buen Pastor), en la falda de la colina del castillo. Esta preciosa casita, que debe su nombre a la figura del nicho, es de mediados del siglo XVIII. En la actualidad alberga un museo de relojes (y debajo, un bar).
La subida hacia el castillo está llena de curvas (algo comprensible teniendo en cuenta el desnivel) y también de miradores, por lo que el río humano se va ramificando y termina por deshacerse antes de llegar a la cima.
El castillo de Bratislava se asienta en un lugar estratégico, sobre una colina solitaria a orillas del Danubio, por lo que podemos imaginar sin equivocarnos una larga historia de ocupación, ampliaciones y reconstrucciones. En un intento de reducirlo todo al mínimo esencial, podemos quedarnos con el dato de que lo más antiguo aún en pie es del siglo XIII. Y de que la reconstrucción más reciente tuvo lugar en el siglo XVIII durante el reinado de María Teresa. Que, por cierto, fue una época especialmente dorada tanto para el castillo como para la ciudad de Bratislava (ha sido más de un dato, soy consciente).
En 1811 un incendio accidental arrasó el castillo. Después se dejó abandonado durante casi siglo y medio, llegando en ocasiones a plantearse su demolición. Cuando finalmente se decidió reconstruir, allá por la segunda mitad del siglo XX, fue con la intención de devolverlo a su último estado, el de los tiempos de María Teresa (el último y, además, particularmente espléndido, qué afortunada coincidencia).
Más recientemente, ya en el siglo XXI, el castillo de Bratislava ha sido objeto de un nuevo y extenso lavado de cara. Como parte de la renovación se colocó una estatua ecuestre en el patio de honor. El jinete es Svätopluk I (846-894), que gobernó la mítica Gran Moravia en la época de su apogeo.
El efímero imperio de la Gran Moravia (833-907) fue un hito de enorme importancia no solo por ser el primer estado eslavo de la historia, sino también por la introducción del alfabeto glagolítico (predecesor del cirílico), creado por los misioneros Cirilo y Metodio para traducir la Biblia y otros textos a las lenguas eslavas.
Durante la renovación del siglo XXI (esa última oportunidad de revisar el pasado en busca de los mejores momentos) el jardín barroco de María Teresa fue devuelto a la vida. Este, entre el castillo y el ala curva del bastión norte, es el primero en ser alcanzado por las sombras (señal de que la hora está cerca).
La puesta de sol tiene el efecto mágico de dejar a la gente paralizada en su sitio (elegido a propósito con la debida antelación). Tan solo se ve un poco de movimiento en las escaleras en zigzag (por otro lado, la forma de escalera más fascinante después de la helicoidal).
No ha habido encuesta de satisfacción y tampoco soy experta en interpretar el lenguaje no verbal de los humanos, pero creo que, en general, la subida al castillo antes del atardecer se podría calificar como una experiencia positiva.
Por el mirador del puente SNP parece que todo sigue tranquilo. No sé. A lo mejor los Men in Black se han relajado un poco y han bajado la guardia. Quizás haga acopio de valor y me decida a tomar prestada la nave espacial para volar rápido de vuelta a mi casa.


















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