Bratislava: un paseo por el centro de la capital eslovaca


El 4 de abril de 1945 Bratislava fue liberada de la ocupación nazi por el Ejército Rojo. La ofensiva, que formaba parte de una operación mucho más amplia, dejó un doloroso resultado de 6.845 soviéticos muertos (está sin determinar la pérdida de vidas en el lado opuesto, no menos dolorosa por ser desconocida).

Cerca del centro, en la colina de Slavín, el Ejército Rojo improvisó un cementerio para enterrar a sus soldados. La inmensa mayoría está en fosas comunes, en un total de seis (un instante para reflexionar acerca de lo que esto significa, nosotros que dominamos las matemáticas básicas).

En 1957, con el país aún en la órbita de la Unión Soviética, se decidió construir en el cementerio de Slavín un complejo conmemorativo. Fue inaugurado tres años más tarde, el 4 de abril de 1960, con ocasión del 15º aniversario de la toma de Bratislava.


La obra se adaptó al cementerio para formar un todo coherente, monumental y solemne. El rasgo más sobresaliente, claro está, es el obelisco, visible desde casi cualquier parte de la ciudad.


La bajada de la colina de Slavín tiene la virtud de distraer la mente después de un comienzo tan luctuoso. Bratislava se muestra al visitante como una ciudad dinámica y a la vez muy humana. En sus calles se mezclan arquitectura contemporánea y recuerdos del período socialista. También abundan (y no es extraño) edificios de otras épocas, cuando Bratislava formaba parte de un imperio, que son capaces de hacernos viajar con la imaginación hasta el Sacro Imperio Romano Germánico o (circulen sin salirse de la línea temporal) hasta el Imperio Austríaco o (no se detengan, por favor) hasta el Imperio Austrohúngaro.


Esto se llama “abandonar la cima de Slavín para plantarse en medio del casco viejo y encontrarse con recuerdos de otras guerras”.

El 2 de diciembre de 1805 se libró la batalla de Austerlitz, que enfrentó al ejército de Napoleón con una fuerza combinada de rusos y austríacos. La batalla (que resultó en victoria para los franceses) fue decisiva porque condujo directamente a la firma de un tratado de paz. Con él se ponía fin a la Guerra de la Tercera Coalición (una de tantas de las llamadas Guerras Napoleónicas), a la vez que Austria cedía territorios en favor de Francia y sus aliados.

Consecuencias derivadas del tratado fueron, por un lado, el establecimiento de la Confederación del Rin por parte de Napoleón y, por otro, la disolución del Sacro Imperio Romano Germánico.

Ese tratado de paz tan trascendente se firmó aquí, en Bratislava, y ha pasado a la historia como Tratado de Presburgo (el nombre antiguo de la ciudad). El acto tuvo lugar en el Palacio del Primado, un edificio neoclásico de color rosa pálido que se encuentra en la Primaciálne Námestie (Plaza del Primado), en el corazón del centro histórico.

Ahora en el Palacio del Primado tiene su sede el alcalde. El antiguo Ayuntamiento, que está al lado, se adaptó para acoger el Museo de la Ciudad de Bratislava.


Un arco en la fachada del antiguo Ayuntamiento permite el acceso al patio y otro en el extremo opuesto conduce a la Hlavné Námestie (Plaza Mayor). Una manera natural y sencilla de llegar hasta la plaza más importante de la ciudad vieja. Y, de paso, descubrir las muchas y muy diferentes caras del antiguo Ayuntamiento.

Su aspecto tan poco homogéneo se explica porque no es una construcción única, sino un producto de anexiones sucesivas llevadas a cabo a lo largo de los siglos.





En la Hlavné Námestie la vida se desarrolla en torno a la fuente del caballero, del que se dice que, en ocasiones, él mismo, también cobra vida. El prodigio, sin embargo, no es para los ojos de cualquier mortal, solo para los limpios de corazón incapaces de hacer daño a una mosca y que, además, sean bratislavos de pura cepa.

El resto de la humanidad se puede dedicar a disfrutar de la plaza. Y no es poco, porque hay que reconocer que está llena de cosas bonitas.



Las calles que salen de la Hlavné Námestie son un hervidero de gente, especialmente las que conducen a la Puerta de San Miguel. Esta puerta es especial por ser la única que aún existe de las cuatro que tenía la muralla medieval. En ella, además, está el kilómetro cero, el punto desde el cual se miden todas las distancias. La parte superior con su tejado verde (motivo favorito para los imanes de nevera) corresponde a una reconstrucción llevada a cabo en el siglo XVIII.


De la muralla medieval se conserva un pequeño tramo, que termina en la Catedral de San Martín.


La torre está coronada (nunca mejor dicho) por una réplica en tamaño gigante de la corona húngara. Se colocó en 1765 para hacer notar que era aquí donde se coronaba a los reyes de Hungría. Un honor que se mantuvo durante casi tres siglos, desde 1563 hasta 1830.

Porque Bratislava (que nadie se sorprenda) había sido capital del Reino de Hungría desde 1536. Para ello fue determinante la estrepitosa derrota frente a los turcos en la batalla de Mohács (1526) y los tiempos inciertos que se vivieron después, con el Imperio Otomano ocupando cada vez más territorios en detrimento de Hungría.


Frente a la catedral se ve asomar el castillo, no por primera vez, aunque sí más cerca que nunca. Dicen que para apreciarlo todo como es debido (el propio castillo, los jardines, la panorámica) hay que subir cuando el sol está más bajo. Muy bien. No ha podido ser por la mañana temprano, pero aún queda el atardecer.


A la izquierda está el puente SNP, único e inconfundible por su mirador con forma de platillo volante.


Bajo el puente se encuentra la estación de autobuses (resguardada y al aire libre a la vez, qué conveniente), desde donde sale el bus a Devín, en las afueras de Bratislava (la dársena estaba endiabladamente oculta tras un enorme pilar).


Y en efecto, es hora de ir a Devín. Pero, como dijo Terminator, “volveré”.

 

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