El castillo de Devín en Eslovaquia
En un acantilado sobre la confluencia de los ríos Morava y Danubio se alzan las ruinas del castillo de Devín.
Bajo la roca se extiende una franja verde que ofrece la mejor vista, no de la totalidad del castillo (hay que saber esperar) sino de su imagen más romántica: una torre solitaria haciendo equilibrios encima de un estrecho peñasco.
Es la evocadora Torre de la Doncella, que, inevitablemente, ha inspirado gran cantidad de leyendas, todas de amores trágicos.
La orilla opuesta es Austria (mejor dicho, las orillas opuestas, ya que ambos ríos sirven de frontera natural) y aquí, junto a la confluencia, está la Puerta de la Libertad, un monumento erigido en memoria de los que perdieron la vida tratando de escapar al otro lado. Porque, aunque hoy parezca increíble (las alambradas y torres de vigilancia han desaparecido para no dejar ni rastro), este era un punto fuertemente militarizado del Telón de Acero.
Y punto estratégico desde la noche de los tiempos. Al menos hasta la Edad Media…
Como encrucijada, ya en la Prehistoria, de dos grandes rutas comerciales, la del Danubio, de oeste a este, y la del Ámbar, de norte a sur.
Como frontera, a partir del siglo I d.C., entre los pueblos germánicos y el Imperio Romano.
Como importante núcleo militar y cultural del imperio de la Gran Moravia, el primer estado eslavo (siglos IX y X).
Como valioso eslabón de la línea de defensas fronterizas del reino de Hungría (a partir del siglo XIII).
En fin, mucha vida y mucha muerte. Y ya va siendo hora de traspasar la muralla.
El castillo de Devín ocupa una superficie de unas 6 hectáreas con varios desniveles. Por la puerta norte se accede al nivel inferior, una extensa zona verde que un rebaño de ovejas se encarga de mantener.
Entre la hierba aparecen de vez en cuando restos de edificios de diferentes épocas. Destacan por su importancia los cimientos de una iglesia de la Gran Moravia (siglo IX). A su lado asoman los restos de una capilla gótica de planta circular.
Todo se transforma de repente al alcanzar el nivel medio, que contiene las ruinas de dos palacios. Uno es de la época en que la familia Garai poseía el castillo (siglo XV).
El otro se construyó cuando pasó a manos de la familia Báthory (siglo XVI). En sus sótanos se ha montado un pequeño museo.
En medio del patio hay un pozo de 55 metros de profundidad y, al lado, una fuente de agua potable y un cubo. Los visitantes son libres de llenarlo para luego vaciar su contenido en el pozo y comprobar por sí mismos cuánto tarda el agua en estrellarse en el fondo. Alguno (y no miro a nadie) ha pasado más tiempo haciendo viajes con el cubo en la mano que explorando las ruinas.
Tras el pozo se alza el castillo del nivel superior, que es la parte más antigua (siglo XIII).
En 1809 las tropas de Napoleón volaron el castillo y después no se reconstruyó.
Sus ruinas y el recuerdo de días pasados (en especial aquellos gloriosos tiempos de la Gran Moravia) inspiraron a artistas e intelectuales y fue contagioso, porque ahora, dentro del corazón de los modernos eslovacos, el castillo de Devín ha alcanzado la categoría de símbolo nacional.









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