Franzensburg en Austria: bienvenidos a Habsburgolandia


Laxenburg, a menos de media hora en tren desde Viena, es una población pequeña, pulcra y tranquila. En mi opinión, el sitio ideal para tener una casa de vacaciones. Reconozco que ha sido amor a primera vista, pero al cabo de un rato y un paseo en condiciones, está confirmado: esto es amor verdadero (e imposible, me temo).

Buen comienzo, de todos modos, aunque no estoy aquí por el pueblo en sí, sino por su parque, un jardín de estilo inglés llamativamente grande.

Son aproximadamente 280 hectáreas de verdor bien domesticado sin que sea demasiado evidente, con canales, un enorme lago artificial, islas, también artificiales, y, en una de ellas, un precioso castillo que podría haber salido de un cuento infantil.





Todo esto perteneció a los Habsburgo, que hicieron de Laxenburg una de sus residencias de verano favoritas.

Tuvieron dos palacios, el nuevo y el viejo.

A la entrada del parque está el Neue Schloss (palacio nuevo), también llamado Blauer Hof (Corte azul) y que, contra todo pronóstico, aparece pintado de amarillo y no de azul, como sugiere el nombre. Es, en efecto, el más nuevo, adquirido y adaptado en tiempos de María Teresa.

El otro, ya dentro de los terrenos del parque, es el Alte Schloss (palacio viejo), establecido en el siglo XIII por los señores de Lachsenburg. El castillo original, en manos de los Habsburgo desde el siglo XIV, ha sido ampliado y reconstruido en distintas ocasiones.

De acuerdo, dos palacios, ¿pero entonces qué pasa con ese fabuloso castillo de cuento de la isla artificial? Pues que nunca fue una residencia real, ni de verdad ni imperial, ya que se construyó como museo.

Quien lo encargó fue un nieto de María Teresa, el emperador Francisco II del Sacro Imperio Romano Germánico y I de Austria. De ahí que lleve su nombre, Franzensburg.

Hubo dos fases de construcción: de 1798 a 1801 y luego de 1822 a 1836. El proyecto fue muy querido para Francisco, que amaba especialmente Laxenburg. Con su muerte, acaecida en 1835, Franzensburg se dio por terminado, aunque se completaron los trabajos que ya estaban en curso. Poco después se abrió al público.




Hoy, doscientos años más tarde, aún es toda una atracción. Porque Franzensburg (repito) no se concibió para vivir en él, sino como fantasía medieval para mostrar a las visitas. Y tiene todo lo que cabría imaginar, desde salón del trono hasta mazmorras. Y detalles auténticos, como obras de arte antiguas traídas de otros sitios. O materiales de construcción recuperados de ruinas y edificios históricos.

Y un servicio de ferry que transporta a los pasajeros desde tierra firme hasta la entrada del castillo.


Hasta se puede hacer el camino de ronda y subir a la torre del homenaje.





Maravilloso, ¿no? Absolutamente, pero eso no es todo, porque la fantasía se extiende más allá de los muros del castillo y se dispersa por el parque. Y así podemos encontrar, entre otras muchas cosas, la Rittergruft (tumba del caballero) o la Rittersäule (columna del caballero) o un puente gótico o un campo de torneos.


En fin, un parque temático de lujo. Y además hay cisnes. Sinceramente, esto es demasiado bonito.



Se me ocurre que no puedo pedir más, pero me falta imaginación, porque aún se me ofrece más: y es que la tarde es perfecta y la luz, preciosa.


Menos mal que empieza a oscurecer y los cisnes se van. De lo contrario, quién sabe cuánto tiempo hubiera seguido pegada a la orilla.


 


 

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