Austria: la maravillosa abadía de Melk al final del camino de adoquines amarillos
Una niebla vaporosa envuelve el paisaje, aunque empieza ya a disiparse conforme nos aproximamos a Melk. Al llegar tan solo quedan unos retazos que ocultan a medias la famosa abadía, encaramada sobre una roca. Poco a poco, estos también se van esfumando, produciendo un efecto casi mágico.
Melk se encuentra en la Baja Austria, en el extremo suroccidental del Wachau, una región muy turística atravesada por el Danubio. La ciudad se extiende en la margen derecha del río, su pintoresco centro histórico acurrucado al pie de la abadía.
Se puede afirmar que Melk es una pequeña ciudad con alma de pueblo, cuyo corazón está en la plaza del ayuntamiento. San Koloman, patrono de Melk, ocupa en ella el mejor lugar. El santo, caracterizado como peregrino, aparece en medio de una fuente del año 1687, que fue un regalo de la abadía para la ciudad.
La abadía de extraordinario tamaño es el lugar al que todo visitante aspira a llegar y con ese propósito debe dejar atrás las coquetas calles del centro histórico. Que nadie se deje dominar por el temor a perderse, porque el destino aguarda al final del camino de adoquines amarillos.
Que tampoco cunda el desaliento, porque fácil es la subida y grande la recompensa.
La abadía de Melk es muy antigua. Fue fundada por monjes benedictinos en el año 1089. Desde entonces ha estado activa sin interrupción, jugando un importante papel como centro del saber durante más de 900 años. Su longevidad, sin embargo, no se refleja en su arquitectura, que es eminentemente barroca.
El conjunto adquirió su aspecto actual con la reconstrucción integral llevada a cabo entre los años 1702-1736. El responsable fue el arquitecto Jakob Prandtauer. Tras su muerte, acaecida en 1726, terminó el proyecto un sobrino suyo, Josef Munggenast.
La visita comienza a cielo abierto. Se accede al patio de entrada a través de un arco monumental situado entre dos bastiones (uno es antiguo, el otro construido por Prandtauer para mantener la simetría). Un segundo arco en la fachada opuesta conduce al gran Patio del Prelado, en cuyo centro hay una fuente.
A través de otro arco mucho más discreto se llega a un pasadizo que discurre junto a la iglesia (primera oportunidad de verla de cerca, aunque sea de lado y parezca que se nos viene encima).
Ignorando la iglesia (de momento), se accede a la espléndida Ala Imperial, donde se encuentra la Escalera Imperial, que asciende hasta el Pasillo Imperial, al que se abren las Habitaciones Imperiales. Esta era el área reservada (adivina) para los miembros de la familia imperial cuando estaban de visita. En la actualidad acoge el museo de la abadía.
A continuación está el Salón de Mármol, el más suntuoso de los aposentos imperiales. Esta enorme sala, magníficamente decorada, se utilizaba como comedor. También servía para banquetes oficiales.
Una galería exterior conecta el Salón de Mármol con su edificio gemelo: la mítica biblioteca.
El trazado semicircular (de la galería, no la biblioteca) proporciona hermosas vistas panorámicas del paisaje circundante, así como de la ciudad de Melk al pie de la roca. Esto es especialmente cierto ahora que se va aclarando el día.
Por otro lado, no hay mejor punto de observación para admirar como es debido la fachada principal de la iglesia.
Y al fin la biblioteca. Imposible no pensar en Adso de Melk y El nombre de la rosa, de Umberto Eco (aunque Adso, de haber existido realmente, hubiera vivido 400 años antes de la reconstrucción barroca). Incluso nosotros, los legos, alcanzamos a entender que el autor quisiera rendir tributo a la preciosa biblioteca y la cultura que atesora.
Imbuidos del mayor respeto contemplamos, como si formaran parte de una atracción, a las personas entregadas, no al estudio de los libros, sino a la tarea de su meticuloso mantenimiento.
Abandonamos la biblioteca y, sin previo aviso, damos con un nuevo objeto de fascinación, que no es otro que la escalera que baja hasta la iglesia.
La riqueza de las salas que hemos ido dejando atrás no nos ha preparado ni remotamente para lo que nos espera en el interior del templo. A pesar de sus grandes dimensiones, no se ha dejado un solo espacio exento de decoración. Y sin embargo, esta no se hace pesada. Todo lo contrario. Una maravillosa sensación de ligereza, conseguida mediante colores luminosos e impresión de movimiento, envuelve al observador hasta dejarlo estupefacto (hay que ser de piedra para no notar el efecto).
Y sin habernos recuperado de la impresión, salimos para descubrir otra escalera.
Mañana de niebla, tarde de paseo, dice el refrán y hoy se cumple rigurosamente, porque luce un sol radiante cuando acaba la visita.
En efecto, se ha terminado la visita al complejo arquitectónico, pero aún quedan los jardines. La entrada se encuentra al otro lado de ese bastión que Jakob Prandtauer hizo construir por razones de simetría.
Los jardines son muy extensos y constan de varios sectores bien diferenciados. Se puede encontrar arte topiario, una zona en apariencia más silvestre al estilo de un jardín inglés e incluso un huerto de plantas medicinales (muy apropiado, esto es una abadía).
También hay un pabellón barroco diseñado por Franz Munggenast, hijo de Josef Munggenast, el sobrino de Prandtauer.
Definitivamente, esto es estupendo (la abadía, la ciudad, el día soleado) pero tenemos que irnos. Un barco nos está esperando en la orilla del río (en realidad no nos espera, se irá sin nosotros si no llegamos a tiempo). Aún así, volvemos la vista atrás para contemplar por última vez la impresionante abadía. Esperamos no quedar convertidos en estatuas de sal.















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