El Teatro-Museo Dalí de Figueres: ¡el surrealismo es él!


Construido sobre las ruinas del antiguo Teatro Municipal de Figueres e inaugurado en 1974, el Teatro-Museo Dalí no solo contiene una extensa colección de obras del artista, sino que es una obra de arte en sí mismo. No en vano está considerado como la última gran obra de Salvador Dalí.


Extravagante, provocador, imaginativo y tremendamente popular, Dalí concibió el museo como un todo, diseñando hasta el más mínimo detalle. Su labor no terminó en 1974 con la inauguración, sino que continuó realizando aportaciones y modificaciones hasta los últimos años de su vida.


Las decoraciones en el exterior y el vestíbulo nos han preparado para lo que nos espera en el recorrido por el interior del museo. Ya en el abigarrado patio, donde anteriormente se ubicaba la platea del viejo teatro, nos encontramos totalmente inmersos en el universo surrealista de Dalí.

La enorme instalación que se alza en el centro, Carro Naval. Cadillac lluvioso, es, en palabras del artista, el monumento surrealista más grande del mundo.


Hay que puntualizar que en el museo no sólo se exponen piezas de Dalí, sino que también hay creaciones de otros artistas. La escultura sobre el capó del Cadillac, La Reina Esther del austríaco Ernst Fuchs, es un ejemplo.


A través de la gran cristalera colocada en el arco de la boca de escena del antiguo teatro se accede finalmente al escenario.



Sobre esta sala, la mayor de todo el museo, está construida la espectacular cúpula geodésica, obra del arquitecto murciano Emilio Pérez Piñero.

La obra que cubre casi enteramente la pared del fondo es Laberinto, realizada a partir del óleo que pintó Dalí para el ballet del mismo nombre, basado en el mito de Teseo y Ariadna.


En el centro mismo de la sala, bajo la gran cúpula geodésica, está la tumba de Dalí. Marcando el lugar hay una losa blanca, casi ignorada por los visitantes, ocupados como estamos en mirar más hacia arriba.


Una obra muy popular (por nombrar sólo una), que por otro lado es un ejemplo de cómo en ocasiones Dalí se adelantó a su tiempo, es tan grande como largo su título: Gala desnuda mirando el mar que a 18 metros aparece el presidente Lincoln.


Varias salas más pequeñas se abren a ambos lados del escenario. A la izquierda, donde antiguamente estaba el camerino, se encuentra la Sala del Tesoro. Tapizada de terciopelo rojo a semejanza de un joyero, en esta sala dispuso Dalí sus cuadros preferidos.

Enfrente, al otro lado del escenario, comienza un pasillo por el que se accede a la Sala de las Pescaderías, llamada así porque en la plaza aledaña se colocó durante años el mercado de pescado. En ella se exponen obras en las que Dalí experimentó con una gran variedad de estilos artísticos.

Encima de la Sala de las Pescaderías se localiza otro de los espacios más emblemáticos del museo: la Sala Mae West. Sobre la escalera, frente a la entrada de esta sala, la belleza exquisita de Ninfas y sátiro de William-Adolphe Bouguereau contrasta fuertemente con el resto de los elementos casi de pesadilla de la instalación.



El interior de la Sala Mae West está casi enteramente ocupado por la reproducción del rostro de la actriz norteamericana en forma de cuarto de estar. Para realizar esta composición, Dalí contó con la colaboración del arquitecto Óscar Tusquets.


El ojo derecho es una vista de París con los puentes del Sena, mientras que el izquierdo es la estación de Perpiñán (el centro del mundo, según Dalí). Incluso desde la distancia se aprecia la gota de saliva en el reluciente sofá-labios: el saliva-sofá, como lo llamaba Dalí.


La visita continúa a lo largo del pasillo semicircular por el que antiguamente se accedía a los palcos. A través de las ventanas obtenemos vistas fugaces del patio y La Reina Esther sobre su Cadillac lluvioso.


El vestido de placas de plástico que lleva la composición escultórica en el centro del pasillo es una creación del diseñador Paco Rabanne.


Junto a ella se encuentra la entrada a la Sala Palacio del Viento. En esta estancia, el salón de descanso del antiguo teatro, fue donde Dalí, con tan solo 14 años, realizó su primera exposición de pintura.


El nombre de la sala hace alusión al poema L’Empordà de Joan Maragall. La magnífica pintura que ocupa el techo, haciendo referencia a la Capilla Sixtina de Miguel Ángel, en realidad no es una, sino que consta de cinco paneles.


De nuevo en el pasillo, recorremos el tramo final mientras a través de las ventanas lanzamos las últimas miradas al patio.


Ya de vuelta en la sala del escenario, observamos nuevamente cada detalle, en esta ocasión desde una posición mucho más alta. Nos percatamos, esta vez plenamente, de la losa bajo la que descansa Dalí.


Desde el espacio dedicado al monoteísmo abandonamos el escenario para atravesar las últimas salas: contemplaremos la instalación de La princesa cibernética, disfrutaremos de los juegos visuales que nos propone Dalí con sus obras estereoscópicas y sus imágenes anamórficas y lo veremos posando en distintas fotos.


En rigor, la visita aún no ha terminado. Todavía nos queda por ver la colección de joyas creadas por Dalí y los bocetos que realizó para su diseño, expuestos en un edificio anexo. Pero antes hay que atravesar el jardín.


Tras la intensa experiencia surrealista que nos ha ofrecido el Teatro-Museo Dalí, salir al jardín es como despertar de un sueño. Como retazos de ese sueño que persisten en la memoria, asoman por encima del muro los huevos gigantes de la Torre Galatea.


Aunque quizás no hayamos despertado del todo: un maniquí dorado sostiene sobre su cabeza un átomo de hidrógeno y puede que en cualquier momento se decida a lanzarlo sobre la torre de la iglesia de Sant Pere.


 

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