Colmar: medio francesa, medio alemana y totalmente alsaciana (parte 2)
Ese mapa de Colmar tan valioso que había jurado utilizar lleva un rato olvidado en el bolsillo. Al principio he tenido las manos ocupadas con mi segundo desayuno. Luego (mi hobbit interior satisfecho y feliz) me he dedicado a pasear por la Grand Rue, una calle relativamente ancha y recta que atraviesa el casco viejo de lado a lado.
Ahora, sin sacar mi mapa, me dispongo a explorar la zona al norte de la Grand Rue (noroeste, por ser más precisos). ¿Cómo? ¿Así, al tuntún? No. Me dejo guiar por la gente, que enfila, y yo con ellos, la famosa Rue des Marchands.
La Rue des Marchands es poco más que una callejuela, pero está sorprendentemente llena de edificios notables.
Abundan las antiguas mansiones, que en su mayoría pertenecieron a comerciantes y artesanos. La más original quizás sea la Maison Pfister, construida en 1537 para Ludwig Scherer, sombrerero de profesión.
Las pinturas murales son un añadido de 1577, después de que la casa pasara a manos de Claus Sattmann, comerciante de paños. En ellas se combinan motivos alegóricos, religiosos e históricos (reconozco que apenas reconozco nada, o mejor dicho, veo que apenas veo nada).
El nombre de la Maison Pfister se debe a la familia propietaria entre los años 1841-1892 que se encargó de la restauración. Puntualizo: la familia se encargó de una restauración. El historial completo se puede leer en una inscripción sobre la entrada.
La casa contigua es la Maison Zum Kragen, reconstruida en 1588 por encargo de Claus Sattmann, el comerciante de paños. La figura de la esquina es un pañero sosteniendo una vara de medir.
Justo enfrente está el museo y casa natal de Frédéric Auguste Bartholdi (1834-1904). Este escultor realizó gran cantidad de trabajos, muchos para la ciudad de Colmar, pero sin duda su creación más famosa se encuentra en Nueva York. Se llama La Libertad iluminando el mundo y el mundo la conoce como Estatua de la Libertad.
Un poco más adelante aparece la Cour du Weinhof, un granero medieval del siglo XIV que perteneció al convento de Unterlinden (aún sigo en la Rue des Marchands con los pies bien puestos en el suelo, no estoy soñando).
Después hay una serie de calles que discurren en suficiente desorden como para poder hacer lo que más me gusta, esto es, vagar cual cazadora-recolectora de buenos recuerdos y perderme (con control, por algo tengo el mapa).
Encuentro adorables incluso los nombres de las calles: Serruriers (cerrajeros), Boulangers (panaderos), Mouton (cordero), Eau (agua), Prêtres (curas), Clefs (llaves)... A excepción de una.
No es la calle, es el nombre, porque a alguien le pareció bien llamarla Rue des Têtes (calle de las cabezas).
Se ven cabezas. No tienen cuerpo. Son de piedra. Es un alivio. Pertenecen a la Maison des Têtes, una casa que, en efecto, está adornada con mascarones. No los he contado pero dicen (y me lo creo) que son más de cien.
La Maison des Têtes es de 1609. Quien la hizo construir fue un rico comerciante llamado Anton Burger.
La Rue des Têtes también es hogar del Museo Hansi.
Hansi es el seudónimo adoptado por el artista gráfico nacido en Colmar Jean-Jacques Waltz (1873-1951). En su día fue muy popular (todavía lo es) por sus escenas costumbristas de la Alsacia ideal, que plasmó en ilustraciones, postales y carteles publicitarios.
Sus letreros de forja son una delicia. Se pueden encontrar varios en el casco viejo, algunos sin salir de la Rue des Têtes.
Mi preferido (no tengo dudas) es el de los hermanos charcuteros, situado entre el Museo Hansi y la Maison des Têtes. Además (oh, sorpresa) detrás del gran San Antonio distingo (yo solita) el perfil de las tres torres de Eguisheim (qué orgullosa estoy).
Mi favorito número dos es otro antiguo negocio charcutero. Está en la Rue des Serruriers y no tiene desperdicio, con su pequeña alsaciana, su cerdito y sus salchichas y todo.
Completo el podio con el letrero del antiguo Café Kléber en la Place de la Cathédrale. El General Jean-Baptiste Kléber fue asesinado en El Cairo en el año 1800, de ahí las pirámides y demás.
La Place de la Cathédrale está dominada por la Colegiata de San Martín, cuya torre (lo he notado) se deja ver en ocasiones por encima de los tejados. A su sombra me tomo un descanso e intento alargar el momento. Enfrente tengo la Maison Adolph, considerada una de las más antiguas de Colmar.
Esto se acaba y es una pena. Me despido pensando en Voltaire, que residió trece meses en Colmar y dejó por escrito sus opiniones. Fueron mixtas. Una me ha hecho especial gracia: “Una ciudad medio alemana, medio francesa y totalmente iroquesa”. Coincido en sus dos terceras partes.























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