Vueltas y más vueltas en Eguisheim, un pueblo de cuento de Alsacia
Tres torres en fila es lo que aún queda de los castillos medievales de Dagsbourg, Wahlenbourg y Weckmund. Las tres ruinas se alzan muy juntas en las estribaciones de los Vosgos, dominando desde sus alturas la llanura alsaciana. Al mismo tiempo, cual mojones gigantes, indican ya desde lejos la localización de Eguisheim, un pueblo diminuto que se hace un ovillo justo debajo, donde la llanura empieza a ceder el sitio a la ladera empinada.
Eguisheim, literalmente, está hecho un ovillo (lo está su centro histórico, en todo caso), no por ser pequeño (que también), sino porque sus calles se disponen en círculos concéntricos, ajustándose al contorno de una muralla que ya no existe.
Es esa característica, su trazado circular, lo que mejor distingue a Eguisheim del resto de pueblos de cuento de la bella Alsacia.
Porque en Eguisheim, digamos, parece que una se encuentra dando vueltas a su ritmo en una especie de carrusel de casas de colores, entramados de madera, tejados puntiagudos y montones de flores. Y en cada giro podría descubrir sin extrañarse a un grupo de aldeanos en traje de época cantando y bailando en animadas coreografías (sí, una ha visto La Bella y la Bestia).
Con tantas vueltas una se tropieza de vez en cuando con una calle recta, siempre la misma, que atraviesa el centro histórico de lado a lado. En sus extremos se situaban las puertas de la muralla circular, esa que ya no existe.
Por la puerta occidental se accedía a los viñedos, que se extendían (y aún se extienden) cuesta arriba, en dirección al macizo de los Vosgos. La puerta oriental, en cambio, conducía a la llanura y su importante vía comercial marcada por el curso del Rin (que ahora hace de frontera con Alemania).
Porque la prosperidad de Eguisheim se basaba en sus famosos vinos y lo que la muralla redonda tenía que proteger eran las ricas cours colongères (colecturías), donde tenía lugar todo lo relacionado con la administración de las explotaciones: almacenes, recaudación, compraventa… Hasta veinte llegó a tener Eguisheim en sus mejores tiempos.
Algunas cours colongères todavía se conservan. Y aunque el medio de vida de sus actuales propietarios no puede ser más distinto del de los dueños originales, normalmente tiene que ver con el negocio del vino.
Si una tuviera que clavar la aguja del compás, digamos, para trazar el contorno del viejo Eguisheim, debería hacerlo en la Place du Château Saint-Léon.
Efectivamente, el nombre de la plaza no engaña porque aquí siempre ha habido un castillo, quizás desde antes de la fundación misma del pueblo. Y todavía lo hay, aunque más bien parece una mansión. Y también hay una capilla dedicada a San León IX. Y, en medio de la plaza, una fuente con la estatua del mismo santo.
Porque en el año 1002 nació aquí, en el castillo, Bruno von Eguisheim-Dagsburg, que sería investido papa con el nombre de León IX (y declarado santo por la Iglesia católica).
Una, como Bella, tiene el deseo de quedarse aquí sentada un rato y ser feliz. Pero si pierde la noción del tiempo, perderá el autobús.
Spoiler: al final lo pierde todo (la noción del tiempo y el autobús).


















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