El Wachau en Austria: donde el río nos lleve

“Si vas a estar en Viena tienes que ir al Wachau, que está muy cerca”, me aconsejó un alma buena. Y aún hizo hincapié. “No dejes de darte una vueltecita en barco por el Wachau, que te va a encantar”. Hoy, por fin, lo he hecho.

El Wachau es una región de forma alargada que tiene como eje el Danubio y como extremos las ciudades de Melk y Krems an der Donau, que están separadas por una distancia de unos 35 km. El río fluye en ese tramo en dirección suroeste-noreste, a través de un  hermosísimo paisaje de colinas verdes y ondulantes.

Mi primera toma de contacto con el Wachau ha sido la preciosa ciudad de Melk, resguardada (y empequeñecida) bajo su impresionante abadía barroca.


Hay que puntualizar que el Wachau no solo destaca por ser una maravilla natural, sino también por su rico patrimonio cultural e histórico. Melk y su rutilante abadía son los primeros ejemplos, pero se van descubriendo más conforme se sigue la corriente del río. Muy cerca, en la orilla derecha, se alza el castillo de Schönbühel, reconstruido a principios del siglo XIX y en la actualidad de propiedad privada.


Unos pocos kilómetros aguas abajo (muchos metros colina arriba) asoman las ruinas del castillo de Aggstein, el de la leyenda del Rosengärtlein.

Se dice que el infame Jörg Scheck vom Wald, señor del castillo, era justamente apodado Schreckenwald (terror del bosque) y que tenía la afición de retener a sus prisioneros en un estrecho saliente de roca que él se complacía en llamar Rosengärtlein (jardín de rosas). Los desdichados que iban a parar allí se veían enfrentados a dos opciones, a cuál más terrible: morir de inanición o saltar al vacío. También se dice que un atrevido se salvó porque las copas de los árboles amortiguaron su caída.


Cerca de Aggstein, pero en la orilla opuesta, hay un pueblo diminuto, casi una aldea, cuyo nombre es mundialmente famoso gracias a un hallazgo que se produjo en sus alrededores. El pueblo se llama Willendorf in der Wachau y el hallazgo consiste en una estatuilla paleolítica de unos 11 centímetros que representa a una mujer con los atributos sexuales muy marcados. La pequeña figura, bautizada como Venus de Willendorf es una joya arqueológica de valor incalculable, por lo que está puesta a buen recaudo en el Museo de Historia Natural de Viena.

Otras joyas dan aún más fama al Wachau. Una fama merecida que traspasa fronteras, porque aquí se cultivan albaricoques, cuyo fruto es especialmente apreciado, y viñedos, de los que se obtienen vinos de gran calidad. Desde el río se alcanzan a ver las terrazas extendiéndose ladera abajo, envolviendo caseríos y pueblos. Como Schwallenbach (este sí es una aldea).


O la pequeña ciudad de Spitz, la de la Tausendeimerberg, la colina de los mil cubos (en alusión a la gran cantidad de uvas que produce) y el evocador castillo de Hinterhaus.


O las iglesias fortificadas de Weissenkirchen.



Un poco más adelante el río modifica brevemente su habitual rumbo suroeste-noreste. Es en este tramo donde se encuentra Dürnstein, imposible de confundir por la torre azul y blanca de su abadía barroca. El pueblo, además, conserva con orgullo las ruinas de otro castillo de leyenda.

Se dice que en casa esperaban en vano el regreso de Ricardo Corazón de León. El rey había estado en las Cruzadas, pero durante el azaroso viaje de vuelta a través del continente fue capturado y hecho prisionero. También se dice que el trovador Blondel, que era muy amigo de Ricardo, se propuso dar con su paradero para tratar de rescatarlo. Así, vagó sin descanso de castillo en castillo entonando una canción que solo ellos dos conocían. Y en Dürnstein, por fin, una voz bien familiar le respondió con el verso correspondiente.


Próxima parada y destino final: Krems an der Donau, que ya está cerca. Buen momento (y última oportunidad, muy probablemente) para admirar la abadía de Göttweig sobre la colina lejana (puede desaparecer de la vista para siempre en cualquier momento).


Desembarcamos en Krems con el tiempo justo para hacer una visita exprés, que consiste en un paseo por el barrio de Stein.

En el pasado, Stein fue una ciudad independiente y se nota. Una buena pista son las dos puertas de su antigua muralla defensiva, que aún se conservan: la Kremser Tor y la Linzer Tor. Ambas están conectadas por la Steiner Landstrasse, una calle que atraviesa el barrio de lado a lado (en otras palabras, la calle principal).

Junto a la Kremser Tor está el Göttweigerhof, donde se recogían los diezmos para la abadía de Göttweig.


La Steiner Landstrasse continúa en dirección suroeste. A mitad de camino pasa a los pies de la colina de Frauenberg, germen de la ciudad de Stein y hogar de la Frauenbergkirche. La distintiva torre de esta iglesia es visible desde muchos puntos de la ciudad.



Luego la calle se abre a la Rathausplatz, la plaza del ayuntamiento (más señales del pasado de Stein como ciudad independiente).


Restos de la floreciente ciudad que fue Stein en sus mejores tiempos son visibles a cada momento, por lo que el paseo discurre sin prisa y, sobre todo, con muchas pausas hasta alcanzar la Linzer Tor. Entonces comienza una loca carrera en dirección contraria para llegar al tren de regreso a Viena (que, además de dejarme sin aliento, ha tenido la facultad de traerme recuerdos de la infancia y del juego del chocolate inglés).


 

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