Dürnstein en Austria, el de la torre azul y blanca y el cautivo en el castillo


Bañado por el Danubio y enmarcado por las verdes colinas del Wachau está Dürnstein, un pueblo diminuto pero muy turístico. Su atractivo no solo radica en la belleza del entorno, que le confiere una imagen de postal, sino también en sus calles estrechas, entre casas antiguas cuidadosamente conservadas y rincones encantadores que aguardan ser descubiertos a cada paso.

Sobre el pueblo, además, se ciernen las ruinas de un castillo.

Aunque seamos sinceros: en esta parte del país muchos pueblos encajan con la descripción. Es decir, en principio, nada extraordinario.

Y, sin embargo, Dürnstein logra distinguirse. Lo consigue principalmente gracias a dos cosas. Una es la elegante torre barroca de la abadía, que recibe a todo el que llega por barco.


La abadía de Dürnstein es de 1410, pero se reconstruyó completamente trescientos años más tarde, a partir de 1710. La torre de la iglesia, frente al embarcadero, es obra de los arquitectos Josef Munggenast y Matthias Steinl. Una restauración reciente sirvió, por un lado, para descubrir que en sus inicios estuvo pintada de azul y blanco, y por otro, para devolverle los colores originales.


La otra cosa que hace especial a Dürnstein es el castillo en ruinas. El causante, a su pesar, fue el rey Ricardo Corazón de León.

Todo empezó en 1191 con la toma de Acre, durante la Tercera Cruzada, los estandartes vencedores ya ondeando sobre las murallas de la ciudad y un asunto muy feo: la disputa entre Ricardo y el duque Leopoldo V de Austria. El motivo fue el reparto del botín de guerra. También se dice que Ricardo cometió una grave ofensa contra el duque al descolgar su estandarte y arrojarlo al foso. Leopoldo, enemistado, abandonó la ciudad.

En diciembre de 1192 Ricardo también se disponía a regresar a casa. Aunque había iniciado la travesía por mar, el mal tiempo le obligó a continuar a través del continente, internándose peligrosamente en los dominios de Leopoldo. Viajaba de incógnito en un pequeño grupo, disfrazado de peregrino. Aun así, mientras pasaba cerca de Viena, fue reconocido y capturado.

Y la historia lo confirma, no se trata de un cuento: el legendario Ricardo Corazón de León dio con sus huesos en el castillo de Dürnstein, donde permaneció cautivo cerca de cuatro meses.

Leopoldo era vasallo del emperador Enrique VI del Sacro Imperio Romano Germánico, quien luego se hizo cargo del valioso prisionero para exigir el rescate. Negociar llevó mucho tiempo y reunir el dinero también, porque la suma fue exorbitante: 150.000 marcos de plata.

Mientras Leopoldo y el emperador se frotaban las manos de anticipación, Ricardo escribía  una balada lamentándose de su mala fortuna: Ja nus hons pris (ningún prisionero). En total, el cautiverio de Ricardo en Europa duró más de un año.

Nosotros, aquí y ahora, libres y felices como pájaros, nos dirigimos al castillo en ruinas y descubrimos que el sendero se bifurca. Pero el camino no importa si el destino es el mismo (parece que me ha salido un refrán y encima no estoy de acuerdo, porque el camino importa, por supuesto). Continuamos por fuera de la vieja muralla (ya volveremos por el otro lado), primero entre viñedos y después a través del bosque, que es donde comienza la auténtica cuesta arriba.



El castillo de Dürnstein se construyó entre 1140-1145, medio siglo antes de custodiar entre sus muros a Ricardo Corazón de León. Los afortunados señores, que recibieron un pellizco del rescate por tan buen servicio, eran los Kuenring, vasallos de los Babenberg (la familia de Leopoldo).



En 1645, durante la Guerra de los Treinta Años, el castillo quedó destruido. De eso hace ya mucho tiempo, tanto que se necesita un poco de imaginación para poder identificar algo. Y no es una queja. Al contrario, el ejercicio es tan estimulante como la propia caminata.


Además están las vistas. En la lejanía ya se divisa la abadía de Göttweig. Y engrasada ya la máquina de la imaginación, con el motor a toda marcha, decimos que no parece una abadía, sino el castillo de un reino fabuloso que ha aparecido por arte de magia en lo alto de una colina.


Bajamos hacia el pueblo por ese otro camino que antes, obligados a elegir, hemos tenido que ignorar. Por cierto, Dürnstein se llama Dürnstein (piedra seca), no por el pueblo en sí, sino por el castillo (ya lo entendemos).




Sabemos que estamos a punto de completar el círculo cuando alcanzamos la vieja muralla, esta vez por dentro. Delante asoma la torre de la Kunigundenkirche, que es la iglesia más antigua de Dürnstein.




De vuelta en el pueblo comprobamos con sorpresa que apenas quedan turistas (perdón, también somos turistas, qué fácilmente me olvido). Mientras se hace la hora de que llegue el barco nos mezclamos con ellos y hacemos lo mismo: pasear a nuestro antojo y mirarlo todo con la felicidad pintada en la cara.







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