Viena: hasta la Stephansdom y más allá


Los tritones de la Albrechtsbrunnen están literalmente doblados bajo el peso de dos gigantes: el Danubio, representado como un anciano musculoso, y la dama Vindobona, personificación de la ciudad de Viena.

La fuente, inaugurada en 1869, forma parte de un conjunto escultórico que se extiende a lo largo de un antiguo bastión defensivo. Justo encima está el Museo Albertina.

Bien, aquí es donde estoy. Ahora voy a la Stephansplatz. Sé perfectamente cómo llegar porque ya veo la aguja de la Stephansdom (la catedral de Viena) señalándome el camino. Un camino que atraviesa el Neuer Markt, una plaza alargada que consiste más bien en un ensanchamiento de la calle.

El Neuer Markt es famoso por la Kapuzinerkirche. Mejor dicho, por su cripta imperial, donde reposan para siempre muchos miembros de la dinastía Habsburgo. El aspecto exterior de la iglesia, no obstante, es sorprendentemente modesto, por lo que es fácil ignorarla y dejarse cautivar por otras cosas.

Elegante arquitectura rodea esta plaza alargada/calle ancha que es el Neuer Markt. En medio, además, hay una fuente ornamental.


La Donnerbrunnen, conocida así por su autor, Georg Raphael Donner (1693-1741), está dedicada a la Providencia. La imagen en forma de mujer aparece rodeada de personificaciones de ríos, dos masculinas (Traun y Enns) y dos femeninas (Ybbs y Morava). Los cuatro ríos discurren por territorios tradicionalmente austríacos y desembocan en el Danubio.


A muy corta distancia está la Stephansplatz con su habitual buen ambiente. La plaza se sitúa justo en el centro de la ciudad vieja, su propio centro ocupado por el enorme volumen de la catedral.


Los orígenes de la Stephansdom (o Steffl, que es el apodo que los vieneses han dado a su catedral) se remontan al siglo XII, pero de la iglesia primitiva apenas quedan restos. Sí se conservan la Riesentor (Puerta Gigante) y las dos Heidentürme (Torres Paganas), que pertenecen a la parte de la fachada románica del siglo XIII.



El resto es en su mayoría gótico, incluidas las torres norte y sur. Esta última se eleva hasta los 136 metros de altura (la torre norte, que debía ser su gemela, no es tan alta porque se dejó inacabada).



Los visitantes podemos subir a las torres góticas. Me decido por la del norte, no por su menor altura (juro que jamás me ha dado pereza subir escaleras) sino por las tejas de colores. Dicen que desde arriba se ven tan cerca que casi parecen al alcance de la mano.


Tendría que ser capaz de alargar el brazo como Elastigirl para poder tocar algo, pero ese es un superpoder que no necesito. Lo que sí agradezco es el sentido de la vista para apreciar (y disfrutar) un detalle tras otro.



Del tejado de la Stephansdom se puede decir que es bastante nuevo. Corresponde a una reconstrucción integral de mediados del siglo XX, porque, ironías de la vida, se salvó de las bombas de la Segunda Guerra Mundial para destruirse justo al final a causa de un incendio accidental.

Salgo de la torre de la catedral para continuar por la Rotenturmstrasse, la calle de la torre roja. Otra torre, qué oportuno, solo que esta, que formaba parte de las murallas medievales, ya no existe.

La Rotenturmstrasse divide en dos la mitad norte de la ciudad vieja y termina, ahora que no hay muralla, en el Donaukanal. Este canal, que es un recuerdo del antiguo cauce del Danubio, cierra el círculo de la Ringstrasse (la gran avenida en torno al centro histórico de Viena). En las orillas cubiertas de graffiti la gente mira, pasea o hace vida social. En el agua se ha montado una piscina flotante.

Me sumerjo de nuevo, no en la piscina, sino en las estrechas calles del casco viejo. La zambullida tiene lugar ahora en la zona próxima a la calle Fleischmarkt, donde en torno al siglo XVIII se establecieron los comerciantes griegos. Huellas de aquel pasado todavía se pueden rastrear en el barrio.



E incluso se extienden por la propia Fleischmarkt, en la que, sin ir más lejos, hay una iglesia ortodoxa griega. Que, por cierto, comparte acera con cosas muy diversas, desde varios ejemplos de arquitectura Jugendstil hasta un restaurante del que se dice que es el más antiguo de Viena.


Aprovechando que debo estar muy cerca, busco (y encuentro) la encantadora Schönlaterngasse, la callejuela del hermoso farol.

El farol en cuestión, que aún existe, se fabricó en el siglo XVIII para adornar la fachada de una casa. Ahora se conserva en un museo, pero en su lugar se ha colocado otro que es una réplica exacta. Y yo que iba pensando: apuesto a que es pequeño, ¿será fácil de encontrar? ¿será de verdad hermoso? Lo es (a las dos preguntas). 

Pero justo enfrente está la Basiliskenhaus (casa del basilisco). Y yo la veo, me la quedo mirando y al farol ya no le presto atención.

La figura del nicho y el fresco de la pared aluden a un suceso que, según la leyenda, ocurrió aquí. Se dice que en el año 1212, en un pozo del patio de la casa de un panadero, apareció un basilisco. Su aliento venenoso emponzoñaba el aire y hacía enfermar a la gente. Nadie se atrevía con él porque, como todo el mundo sabe, una mirada suya provoca una muerte cierta. Pero en toda leyenda siempre hay un valiente, en este caso un aprendiz del panadero. Provisto tan solo de un espejo, el muchacho se deslizó hasta el fondo del pozo y expuso a la criatura a su propia imagen. Y resulta que la mirada de un basilisco es tan letal que su mismo reflejo acabó con él.


Al sur de la Schönlaterngasse se extiende la zona de la antigua universidad, que no ocupó su nueva sede (en la Ringstrasse) hasta el siglo XIX. Los edificios, desprovistos de su función original aunque no carentes de uso, se distribuyen en torno a la Dr.-Ignaz-Seipel-Platz. En esta plaza se alza la Jesuitenkirche, conocida también, por razones obvias, como Universitätskirche.



La tarde avanza y aún tengo que ir a presentar mis respetos al Danubio, no al canal sino al río de verdad. No está cerca, así que intento salir del casco viejo cuanto antes para orientarme mejor. Alcanzo la Ringstrasse a la altura del MAK, el Museo de Artes Aplicadas (que por cierto lo tengo apuntado en mi lista mental de cosas pendientes).


Llego a la orilla del Danubio en poco tiempo (después de todo, no estaba tan lejos) y (para esta persona que viene del interior de la península ibérica) la visión es formidable. Me acuerdo con lástima de los desdichados tritones de la Albrechtsbrunnen, derrengados bajo el Danubio musculoso: igual que ellos, estoy abrumada, aunque (afortunada yo) no tengo que aguantar nada sobre mis hombros.

La orilla opuesta no es tierra firme exactamente. Es la Donauinsel (isla del Danubio), una isla artificial de más de 20 km de largo que se extiende en ambos sentidos. Se construyó entre los años 1972-1988 como parte de un sistema de prevención de inundaciones que incluye el Neue Donau (nuevo Danubio), el enorme canal al otro lado de la isla.

Cruzo el puente hasta la Donauinsel pero ya no iré más allá. Esta franja verde, literalmente entre dos aguas, está acondicionada para el esparcimiento de la gente y, después de todo, la tarde es perfecta y el sitio ideal. Casi sería un crimen desperdiciar la ocasión.


 

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